Carlos Dickson Pérez
Con sus altas y bajas, Juan Arango se ha convertido en el referente más importante del fútbol venezolano en todos los tiempos. Todo lo que ha sido su transitar por las ligas de México, España y Alemania, su liderazgo silente en la Vinotinto, es el espejo en el que deben mirarse todos los jugadores criollos que aspiren a dar el gran salto. Lanzarse a la escena internacional supone una serie de cualidades que constituyen el ropaje de los que sueñan con ser triunfadores más allá de nuestras fronteras.
Juan, hijo de colombianos radicados en Maracay, sin tener ese sex appeal de muchas luminarias mundiales y mucho menos ese carisma que incita al descarrilamiento de los fans, ha sido desde su parquedad un monumento a la persistencia. Profesional entregado a su oficio, ha sabido mantener un status de crack no siempre explotado con la prominencia que debería, prefiriendo mantener más bien una actitud de modestia, que contradice su explosión cada vez que se lo propone en el terreno.
Cobrador eximio de faltas, exhibe una precisión asombrosa en sus pases que lo mantiene entre los líderes en asistencia en el inédito puntero Monchenglagbach, al que entrega su mejor hora después de las vacilaciones iniciales en su choque con la realidad del arisco fútbol teutón. Sigue el zurdo demostrando una gran regularidad, volviendo a la sonrisa que ilumina su duro rostro, como en sus días geniales con el Mallorca en la que fungía de amuleto en las épocas más difíciles.
Ha sido un techo muy alto el que ha puesto Arango por su hechura para los más exigentes retos que ha supuesto su permanencia y constancia en ligas estelares. Un magnifico colofón sería verle como el gran conductor de Venezuela en su más preciada obsesión, la Copa del Mundo Brasil 2014. El técnico Farías nunca lo ha puesto en duda porque lo sacó entre pañales para reclutarle para el Nuevo Cádiz de Cumaná, en aquellos tiempos de insurgencia del muchacho guireño con el equipo que salía del bolsillo familiar.
Arango y por ahí piezas como Rincón que cada vez se solidifica más en el Hamburgo, un Roberto Rosales regio en Holanda, después Miku Fedor y Salomón Rondón –ambos en España-, la rápida asimilación belga de Seijas, de los auténticos productos de la cesta nacional, son en ese orden los integrantes de un reducido ranking de la élite de nuestros jugadores que marcan derroteros en el exterior. Sin despreciar al resto, se mueven en escenarios menores aunque son igualmente aportantes claves en esta nueva era de apertura de mercados foráneos por el creciente interés en el talento bolivariano.
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Pero no es fácil, alcanzar status en el fútbol internacional. Hay que comenzar por superar los prejuicios de haber germinado en una tierra otrora inhóspita para el fútbol, productora de peloteros extraordinarios con una marca certificada, que al igual que ocurre con los brasileños y argentinos que por su procedencia tienen mucho más abonado el camino en el oficio de la número cinco. El nuevo jugador venezolano debe valerse de muchas herramientas para competir con mayores probabilidades en una subasta global, en la que empresarios, entrenadores, directivos, incluso familiares y toda suerte de vendedores se mueven como una jauría.
Un jugador exportable debe tener mucha academia y vitrina. No sólo la que se refiera a atesorar facultades técnicas y físicas que se logran con el entrenamiento constante y consecuente; eso que los brasileños llaman “aprimorar”. Esto es sólo parte del envoltorio que necesita para convencer. Mucho peso tendrá manejar una conducta cónsonas con su calidad como ciudadano, asumir el aprendizaje de otros idiomas como elemento indispensable de la cultura general, cuidar su presencia, sus maneras y su lenguaje tanto dentro como fuera de la cancha, ejercer la humildad y saber responder con decoro y sin fastidio las peticiones de los aficionados.
Un auténtico modelo tanto en pantalones largos como en cortos, expuesto y dispuesto al juicio público constante, a la presión de los medios y al entorno que lo cobija, para sin complejos mostrar todo el potencial con el que cuenta. En un fútbol globalizado donde sus actores adquieren ribetes de celebridad, es lógico esperar mucho de quienes están sometidos a los efectos mediáticos, con todo lo que involucran las redes sociales y la omnipresente televisión, siempre dispuestos a ensalzar como hacer trizas a quienes se atreven a retarlas.
Hay que tener mucho cuidado con quienes se lanzan a la aventura de vender jugadores venezolanos sin tomar las leyes del mercado. Juan Arango, con todo lo que ha hecho, sigue siendo en el teatro del fútbol mundial, sólo un buen jugador más.
luchadorsport@yahoo.com
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